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Crisis económica, sanitaria y humanitaria

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EDNA.RUEDA01ENBEl 24 de septiembre pasado, a las 9 de la mañana comenzó una más de las audiencias de la Acción Popular para la protección de los derechos en salud de los habitantes del Archipiélago. Probablemente la más aterradora de las audiencias a las que he asistido.

Estaban citados médicos especialistas y enfermeras que trabajan en el único hospital del departamento insular, de una Colombia que cada vez parece más distante. Sus comentarios respondían a las preguntas del juez José Mow Herrera.

Ellos dijeron que los medicamentos están faltando de manera oscilante, hoy puede haber el antibiótico que necesita su persona amada y mañana no. Solo hay un ascensor en funcionamiento, para todos los pacientes, los CoViD y los no CoViD.

El personal está agotado: las infecciones también están hablándole al oído a la gente que ayuda, están incapacitándose y eso duplica el tiempo de trabajo de los que quedan al frente. Los especialistas, muchos de ellos sin paga por seis meses, asumen dobles roles para poder aliviar un poco lo que pasa, mientras algunos compran sus insumos para protegerse a sí mismos y a sus familias.

La esperanza que vive en la nueva Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), está encerrada, cambiando camas obsoletas por las que siempre tuvo que tener, mientras no hay oxígeno, mientras la única intensivista trabaja cinco días seguidos, corriendo entre los pacientes intubados y sus labores como anestesióloga.

En este juego macabro de lanzar responsabilidades obvias, se espera que el otro sea más culpable, que caiga más lodo en sus pies. Hoy las lealtades de tinte político se prueban por encima de la ética, con el mismo ahínco de quienes en primera línea están intentando salvar una vida a la vez.

Ahora, bajo la premisa epidemiológica que más de mil infectados por 100.000 habitantes, es suficiente para suspender las pruebas de quien viaja a las islas, como siempre que se plantean asuntos desde la fría Bogotá, no tienen en cuenta lo que significa vivir en la insularidad, alejados de cualquier otro centro de referencia.

Esta no es una crisis económica, está siempre ha sido una crisis sanitaria, con consecuencias económicas y sociales, pero ahora empieza a convertirse en una situación humanitaria.

Tuvimos más tiempo que nadie para enfrentar el monstro, no fuimos de esos lugares que un día celebraban una procesión, y al otro lloraban muertos, estuvimos atentos desde el principio, aislados, protegidos por los kilómetros de mar que siempre nos resguardaron… Y es que esta historia de dolor no es nueva, como no son nuevas las faltas contra la salud, pero esta vez no hay tiempo para sacar provecho, esta vez no valen las escusas.

Hoy no me queda más que pedirles a los ciudadanos, como en el éxodo del pueblo de Dios, que marquen sus casas y se encierren en ellas, para que cuando la última plaga se lleve, esta vez no a los primogénitos, sino a los más débiles, respete al menos sus hogares.

En esta audiencia yo no hablé, no pronuncié una sola palabra. Tenía apagado el micrófono de una teleconferencia que parecía una descripción apocalíptica, quizás porque los argumentos eran tan fuertes, quizás simplemente para poder sollozar en paz. Si se me acusó antes de generar pánico, que se me acuse ahora de tenerlo.

Que Dios nos proteja.

Última actualización ( Sábado, 26 de Septiembre de 2020 05:14 )  

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