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¿Llueve adentro?

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¿Es cierto? Sí, y pasó bajo la mirada de tantos gobiernos como banderines de partidos políticos hay en el archipiélago, pasó tantas veces que no puede ser una sorpresa para quien se presenta como la respuesta al caos, porque un nuevo comienzo no se construye absteniéndose de los antecedentes…

Porque quien gana la confianza de una comunidad y consigue guiarla, no solo afirma conocer con absoluta claridad los problemas que enfrentará, sino que tiene un plan diseñado mucho antes de sentarse en un trono ungido y defendido con fanatismos místicos.

Y ahí estamos todos, repartiéndonos las culpas en porcentajes y motivaciones distintas, todos mojados con la cascada interna que hoy adorna la consulta externa. Como con los pecados, existen los de palabra, obra y omisión, los ciudadanos tenemos que plantearnos nuestra minúscula o mayúscula responsabilidad en la catástrofe…

¿Hablamos cuando debíamos? ¿Callamos con una ignorancia elegida? O, ¿tuvimos una injerencia en la no ejecución de la obra? ¿a quién y por qué apoyamos? La crisis en la estructura del hospital, no es diferente a los cientos de ‘elefantes blancos’ que hoy adornan cada esquina de las islas, cada uno producto ilustre de una casa política que en algún momento se enarboló como la salvadora.

Lo que sucede es que la transversalidad de los servicios de salud es universal, y la pandemia ha traído al escenario a los que, por su estrato y condición económica, podían abstenerse de usar las menoscabadas instalaciones, estos que se subían en un avión si tenían gripe, ahora valoran y reconocen como la principal infraestructura turística una unidad de cuidados intensivos que, hasta marzo de este año, les hubiese importado poco.

La concepción equivocada de que lo público no tiene dueño, está tan arraigada en nuestra psique, que el funcionario público se siente agredido cuando se señalan las faltas que estaban ahí, incluso antes de su nombramiento o elección, como si fuera una pugna entre dos extremos: el gobierno y los gobernados, mejor aún los elegidos y no elegidos.

El asunto es que lo público es de todos, que el gobierno no es un patrono que arrea, es un pegamento que nos aglutina, incluso cuando tengamos puntos de vista diametralmente opuestos. La idea plantada, que imagina una clase política como una suerte de feudos que hacen ‘favores’ y no admiten crítica, es contraria a la democracia que ve en el ciudadano participativo, el responsable de vigilar a quien elige para fungir como administrador. Administrador, no dueño, por que los dueños somos todos.

Por otra parte, hacerse un ciudadano participativo significa primero informarse con veracidad y luego aclarar las motivaciones: ¿se argumenta para el bien común, o para conseguir el mal particular en rencillas infantiles y desgastantes?

La respuesta que se espera, no es la del que achaca culpa en otro que ya no está, la expectativa es un plan, un cronograma, un presupuesto, un objetivo. Sin excusas, sin retrasos. Después de eso, no se necesita ninguna otra publicidad. Nada consigue más adeptos o silencia más a los críticos que los resultados.

Dicho esto, ¿Ya sabe usted quien lo representará en la junta directiva de la Nueva ESE que nos han dicho empieza en menos de un mes?

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresen.

 

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