Las mil y una muertes de Santiago Nasar

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El día que lo iban a matar, cuando Divina Flor fue a llevarle el tinto, lo encontró tirado en la cama con la mirada extraviada y pensó que él había amanecido enguayabado; sin embargo, la agarró por la cintura la atrajo hacia él, comenzó a manosearle los senos hasta que estos se llenaron de deseo y entonces le hizo el amor con gemidos de huérfano, mirada de loco y eyaculación precoz.

Le contó que había soñado que estaba navegando en un champán “Pintado de Rojo Sangre Inocente”, un color tan desconocido para Divina que tuvo que explicarle que era el color que dejaban las reses en las mesas del matadero a la hora de ser degolladas.

De todas formas para Divina el único rojo que ella conocía era el de la bandera y no era rojo inocente sino rojo independencia.

También le dijo que alrededor del champán volaban cientos de mariposas amarillas y que un par de pescaditos gemelos y de oro habían saltado hasta el frente de su cara diciéndole “Santiago Te Mataremos Por Amor”, pero como Cristo te levantarás de tu tumba, él lo hizo para propagar su evangelio, tú para vender libros.

La noche de la boda de Ángela Vicario, como caída del cielo, la liga de soltera que ella lanzo al aire cayó en sus manos, como para recordale que él era el dueño legitimo de una virginidad perdida a orillas del río, mientras los bogas cantaban alabanzas al amor, las libélulas silbaban y la noche dormía en su desespero de futuro incierto y amores trágicos.

Como un fantasma pasó por su mente aunque de manera fugaz, la voz susurrante de Ángela, casi como pidiendo piedad, mientras el poder masculino del don la penetraba inundando su vientre de dicha efímera. Esa noche el sexo se convirtió en una verdadera lucha de clases, donde el manifiesto domestico se leía todas las mañanas, entre las piernas de ébano y el pubis altanero de Divina Flor.

Los Vicario  cantaron sus letanías desde la madrugada hasta el medio día, desde el mercado hasta el muelle de las angustias del Coronel. Cuál no sería el revuelo que unos gitanos que iban de paso acamparon para ver el desenlace y luego metieron la historia en su repertorio con el nombrecito “lo mataron por un virgo”.

Un trotamundos conocido como Francisco El Hombre logró informar desde Rincón del Mar hasta el Valledupar con rimas incluidas la fatal noticia, algunos de sus versos decían:

Hasta el cura lo sabía

Pero llegaba el obispo

Y miró para otro lado

Porque el cura se hizo el bizco.

El Alcalde no hizo nada

Lo llaman y no contesta

Y que hablar de la mamá

Si esta le cerró la puerta.

La noticia llegó con el escándalo del chisme a las seis de la mañana al burdel de Carmen Díaz en Sincelejo, y una damisela que decía que estaba embarazada de Santiago, atino a decir “Y ahora ¿quién me responde por el apellido de mi hijo? Y un borracho que estaba de salida le respondió “Tu mae”.

A las siete de la mañana las vendedoras de fritos del paseo Bolívar en Barranquilla habían triplicado su clientela y una de ellas gritaba “Hagan algo Carajo”; un loco del parque que se estaba levantando y que no sabía por dónde iba tabla, grito más duro “No joda, ni que fuera Simón Bolívar”.

“Ese era otro”, dijo la mujer que lo iba a matar un indio en la Guajira por una hija, y se salvo por que se confundió y mató a un mulato narizón y con patilla que tenía una cantina en el Arsenal en Cartagena. El loco abrió los ojos con demencia libertaria y la encrespó -¿Y a ti quien te dijo eso? -Amaury Muñoz, respondió ella. “Entonces es cierto”, dijo el loco.

Cuando el suegro de Santiago le dijo, ó te quedas en casa o sales con mi fusil, ya Santiago estaba muerto pero él no lo sabía, ya había muerto dos veces, el día que Ángela perdió su virginidad y el día que Bayardo la pidió en matrimonio y ella puso la boca más dura que mano de pilón vallenato.

Después lo matarían los carniceros donde los Vicario afilaron sus puñales en cuero prestado, la vendedora de tinto que se quedó en el intento de evitarlo, el vendedor de guarapo del parque, el cura que con la llegada del Obispo estrenaba sotana, el Alcalde ingenuo pero católico, que antepuso las cosas de los hombres, ante el deber primero de tratar de salvar a Cristo de los pecadores, y que quedó por cuenta de Gabo en el pecado mortal de haber nacido corroncho.

Algún tiempo después me estremecería ante la tumba de Cayetano Gentile y sentiría una angustia centenaria, acompañada de una nostalgia infinita, que es la primera sensación que uno tiene, cuando le tocan el tema de este amor de sombrero elegante, coche y gabardina.

Recuerdo que en el pueblo solo los más viejos se acordaban el tormentoso episodio, sobre los amores de José Palencia contador público e inmortalizado por Gabo en Crónica De Una Muerte Anunciada como Santiago Nazar y la agraciada joven del clan de los chicas conocida como Margarita

Me dijeron que nunca más las vacaciones estudiantiles volvieron a ser lo que fueron. Que el pueblo vivió tres décadas de insomnio con sus días y sus noches. Me contaron también que las guitarras enmudecieron, que Francisco El Hombre evitaba los caminos que llevaban al pueblo, que las libélulas dejaron de silbar, que lo bogas ya no cantaban sus canciones de río, que alguien dejó olvidado un acordeón en una banca de parque, y que allí había  quedado para siempre, como testigo mudo de un pueblo que se quería morir pero que Dios no lo bendecía ni siquiera con eso.

El viejo muelle por donde salió en hamacas Bayardo San Román, seguía en pie vigilado desde la eternidad por el Coronel que aun seguía esperando sus cartas, aunque todos lo hubieran olvidado en su querella eterna.

Última actualización ( Sábado, 07 de Agosto de 2010 17:26 )