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Cuando despierte recuérdenme que me voy a casar con ella

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GABRIEL.SALCEDO

El barrio Boston está situado a la salida de Sincelejo para Montería, es de clase media y no tan famoso como el Cortijo o Pioneros, dos urbanizaciones muy populares en la capital de Sucre.

 

 

Pero de pronto y por cuenta de la magia de Macondo comenzó a aparecer en la gran prensa nacional y en la televisión de Colombia y del mundo.

En el Boston un vecino indiscreto se enteró de que su vecina la modista del barrio era la encarnación viva y real de Margarita Chica, la Ángela Vicario de Crónica de una Muerte Anunciada, la -ya en ese entonces- famosa novela corta de Gabriel García Márquez.

Doña Margarita hasta ese momento había sido la costurera del sector, siempre discreta y poco conversadora, amable pero distante. Cuando la prensa y los comentarios comenzaron a atropellarla, a hurgar en su vida, atormentando sus recuerdos, cerró la puerta principal de su casa, las ventanas, y el portillo del patio.

A la puerta le puso por dentro un horcón de madera recia e impenetrable como su resistencia de hembra desflorada por el señorito del pueblo, apuesto joven de descendencia Italiana de nombre Cayetano Gentile, el verdadero nombre de Santiago Nassar.

Para los tiempos de este relato ya yo andaba con un Macondo atravesado en el alma, era como una espina que no me dejaba respirar, y un día cualquiera me boté a la casa de Margarita o Ángela Vicario.

La grabadora a veces no deja luz para la imaginación, por eso los mejores periodistas y cronistas de la historia, lo fueron cuando ella no existía. Yo que pienso que eso es así y desde hace mucho rato la abandoné, ese día me armé de lápiz y cuaderno y con la esperanza de un gran reportaje que nunca hice me fui a mi encuentro con Ornella Muti, la actriz Italiana que la encarna en la película.

El tendero de la esquina me había dicho que ella solo atendía clientes, yo había preparado todo, esa misma mañana había pasado por el mercado público y había comprado metro y medio de dakrón oscuro. Toque dos veces, primero se abrió un ventanal al lado de la puerta principal, de esos ventanales de pueblo, que casi tocan el piso.

El ventanal era de madera y con barrotes pintados de verde como abriéndole camino a la esperanza detenida en el tiempo. Mi corazón comenzó a palpitar con la fuerza que solo da el amor, estaba lleno de la ansiedad del hombre enamorado y yo lo estaba, repito, de Ornella Muti.

-¿Señor que se le ofrece? Preguntó la mujer que se asomó tras los barrotes. No me salían palabras, abrí la boca como buscando aire pero nada, estaba mudo.

-¿Señor que pasa se siente bien? La mujer que preguntaba era demasiado joven para ser Margarita o Ángela Vicario, tendría 25 años y era de facciones indígenas pero delicadas. La joven al verme la bolsa con la tela, intuyó por el aviso comercial que yo buscaba a la modista, hasta ese momento yo no había pronunciado palabra alguna.

-¡Tía la buscan de Gangas y Telas!

-¿Quién es?

-¡Un señor pero esta como enfermo¡

-¿Y tu porque sabes?

-¡Porque está pálido y está sudando!

-¡Ya voy ábrele, que me espere, ya salgo!

La muchacha me hizo pasar y luego cerró, no me había equivocado la puerta la atrancaban con un horcón que debía pesar una tonelada pero ella lo alzó como una pluma. Esta casa esta embrujada pensé yo…

Bueno y allí estaba yo sentado en una mecedora momposina, traspasando el umbral de la realidad, para perderme en el realismo mágico del personaje más tierno y sensual de Gabo.

La casa tenía techo de zinc y había comenzado a llover. La muchacha que atendió estaba parada frente al ventanal, tal como Isabel viendo llover en Macondo, con la diferencia de que frente a ella había un soñador que quería contar historias y había ido a pedir permiso para hacerlo.

De pronto como brotando de la nada, y saliendo de entre unas cortinas de hule que separaban el comedor del patio apareció la señora. Allí la tenia frente a mí, allí estaba la mujer que trastorno a Bayardo San Román desde una tarde en que la vio caminando en la plaza principal de Sucre Sucre, la misma plaza en que después sus hermanos asesinarían a su  inocente abusador.

Margarita o Ángela para la época tenía una edad indefinida, yo le coloque al ojo unos cincuenta y cinco años, y para nada era una mujer marchita, seguramente a pesar del anonimato había seguido coqueteándole al amor, rememorando las tardes inolvidables frente al rio, acompañando en su espera eterna al Coronel que nadie le escribía.

Decidí por fin hablar, y le dije después de responder el saludo, que quería que me confeccionara una camisa que necesitaba para las fiestas de Semana Santa en mi pueblo, y que me tocaba estar en la mesa principal con el Cura, con el Alcalde y también con la reina del bollo de Mazorca. Me inventé todo.

Había comenzado a llover, la suerte estaba de mi lado, lo que estaba cayendo sobre el afligido zinc del techo de la casa, era todo un diluvio universal y yo feliz de ser el Noé de mi propio cuento. “Oh aventura inolvidable para volverla a vivir”.

Margarita tenía el pelo lacio y se lo recogía con una moña de carey sobre su cuello. Su cara a pesar de la edad mantenía la lozanía de la mujer del campo, que se lava el rostro con agua de casimba con olor a guayaba.

Media más o menos 1,70 de estatura y no era ni gorda ni flaca, de tés pálida, mirada esquiva y cejas encontradas como los cerros de los Montes de María.

Sus ojos eran de color almendra, atormentados por un pasado que los había vuelto color de trigo seco en eterno invierno. Pero ni el llanto de los recuerdos imborrables de su boda con Bayardo San Román, habían logrado matar el brillo de sus pupilas de hembra aguantadora con alma de ceiba legendaria.

Sus labios eran carnosos y sus dientes perfectos, como diciéndole al mundo que tenían un océano de risa contenida y un deseo reprimido de caricias nuevas.

Terminó de llover, la escusa de seguir allí desaparecía. Me puse de pie y sentí el deseo noble de abrazarla y lo hice. Sentí por unos momentos la turgencia del cuerpo aun deseable, del amor platónico y único de Bayardo San Román entre mis brazos.

Ella nunca supo del porque de aquella despedida tan afectuosa de un cliente más de su taller de confecciones, porque no pregunte nada y lo  hice porque no quería romper con el ambiente mágico de aquel encuentro con Macondo en primera persona.

La camisa nunca la reclamé, no la volví a ver nunca más, la olvide como todos la habían olvidado, hasta que Gabo la rescató de su deseado anonimato para volverla inmortal.

Me fui con cierto vacío en el alma y con la terrible sensación de haber querido ser Santiago Nassar, a pesar de la muerte.

Gabriel Salcedo Román

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Última actualización ( Domingo, 25 de Julio de 2010 17:38 )  

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